Mañana hará una semana que me meto la insulina, y mi cuerpo lo agradece. Ya no tengo aquella sensación de agotamiento físico, ni la sed terrible todo el día. Ahora siento que soy capaz de todo: limpiar la casa, ir a las prácticas, cocinar, estudiar... todo lo que antes me requería un esfuerzo enorme. No sabía que tener el azúcar tan algo afectaba tanto anímicamente.

Claro que tener el azúcar bajo también tiene sus efectos: estoy más irritable, impaciente, intolerante con los errores ajenos...
Ahora voy de bajón en bajón. Para que no me ocurra tanto, si tengo el azúcar bajo antes de comer me bajo una dosis de insulina, y en cuanto noto los efectos del bajón me mido y si estoy muy baja me tomo un zumo o algo parecido, pero mañana me pasaré por el hospital, porque estoy cada dos por tres con el azúcar por los suelos y no me apetece tener que vigilar que no me tiemblen las manos media hora antes de cada comida. Y es que aunque me tome un zumo, tarda unos minutos en hacer efecto, y para pincharme la insulina con las manos temblando... es más una atracción de circo que una inyección en sí.

Por otra parte... ayer vinieron a comer a mi casa mi hermana y mi madre, y me curré una paella de verduras y pescado riquísima (mi hermana no come carne). Mi madre, como todas las madres, me puso un poco más de arroz cuando yo ya me había calculado los dos vasitos correspondientes, y tuve que explicarle de nuevo que yo tengo que comer ni más ni menos que lo que me pongo (que no es poco...). Costará que se acostumbre, pero lo hará, seguro. Tiene tiempo para ello, sight.

Esta noche cené unos espaguettis con tomate, cebolla, carne, pimiento... todo calculado para que fueran las raciones exactas, restando la naranja del postre. :P Y pensar que antes apenas comía fruta, ahora que es lo más dulce que puedo comer, me encanta.

Y eso... mañana cumplo una semana de insulinodependiente. Y, mira qué casualidad... el día de San Valentín cumpliré un mes de insulina.